varios hitos se encuentra el basurero como museo planteado por Francisco Mariotti en 1980. O el museo imaginario imaginado también como ironía artística por Sandra Gamarra en los últimos años. O el Museo Hawai del artífice Fernando Bryce –cuya primera presentación pública se dio justamente en el contexto de una exposición y performance organizada por Micromuseo en 1999, como se explica en el libro ya mencionado.
Museotopías a las que el actual expediente web contribuye las reflexiones de teóricos y artífices vinculados a experiencias alternativas en otros contextos latinoamericanos, como los de México (el Museo Salinas, creado por Vicente Razo) y Paraguay (el Museo del Barro, creado por Ticio Escobar, entre otros). De igual manera recogemos el testimonio sentido de Xavier Andrade, miembro del equipo responsable del prometedor y frustrado proyecto original del Museo Antropológico y de Arte Contemporáneo del Banco Central del Ecuador en Guayaquil”.
Hay, por cierto, lugar también para señalamientos más amplios, como los ensayados desde el Caribe por Gerardo Mosquera y desde Colombia por Jaime Iregui, al problematizar la espacialidad del museo, latamente entendida, en tanto la argentina Ana Longoni hace lo propio con la legitimación del arte político, incluyendo los implícitos y consecuencias de su musealización creciente. Gustavo Buntinx, por su parte, cuestiona ciertas ilusiones –ciertos ilusionismos– cosmopolitas desde los imperativos de lo que su título denomina el empoderamiento de lo local.
El dossier se completa con dos escritos estructurales sobre la circunstancia curatorial en nuestra condición periférica, a cargo de Marcelo Pacheco (Argentina) y Justo Pastor Mellado (Chile).
Casi todos estos textos se encontraban hasta ahora inéditos en formato web, y varios de ellos también en formato impreso.
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