La cámara se detiene en el primer plano del escudo nacional tatuado sobre la piel de Moico Yaker y sometido por el propio artífice a frotaciones pasionales con huevos, tintas, polvos blancos, materias rojizas. Fluidos orgánicos y sintéticos. Sustancias de sugerencias múltiples –sangre, semen, cocaína, bilis– potenciadas por el soporte íntimo de las turbaciones impuestas a una emblemática oficial. Una heráldica solemne, subvertida y revalorada desde el gesto mismo de inscribirla en la superficie cutánea del cuerpo deseante.
El cuerpo personal, el cuerpo nacional: una simbología patria literalmente incorporada. Y al mismo tiempo desencajada por los tocamientos indebidos. Y por el jaleo español (español) que les sirve de aliento sonoro. Pulsional.
Gustavo Buntinx |