Harto es sabido que el arte –como categoría histórica, como objeto de contemplación pura– fue una invención moderna. Asoma en la polis clásica, en el burgos renacentista. Y se impone desde las grandes revoluciones europeas contra la aristocracia durante los siglos XVIII y XIX. Exactamente el momento fundacional del museo de arte como institución, de la historia del arte como disciplina, de la crítica de arte como práctica periodística. Y del mercado del arte como sistema libre del tutelazgo religioso o estatal o cortesano.
Menos advertido es el hecho crucial que para alcanzar esa autonomía preciada la invención del arte implicó –también históricamente– la de sus opuestos complementarios: el kitsch y la pornografía, cuyos nombres fueron incluso acuñados en el mismo proceso. Para instaurar los fueros distintivos del arte era indispensable su discriminación jerarquizada de otras prácticas expresivas, con las que sin embargo mantenía una capilaridad oculta.
Es la simbiosis implícita en esas relaciones antagónicas lo que desde la década de 1960 ponen en escena –y exacerban– ciertas producciones luego llamadas post-modernas (cuyo prefijo cosmopolita resulta inevitable colocar entre paréntesis cuando se traslada a nuestras prácticas “periféricas”). Parte de la crisis generalizada en que se derrumban las pretensiones puristas de mantener los distintos quehaceres y saberes humanos en compartimentos estancos.
Como se desploman además otra suerte de ilusiones para el arte. Incluso históricas: hoy es evidente el modo en que su existencia separada de la funcionalidad mágico-religiosa o política se inició sólo en las economías monetarias que aspiraban a las liberaciones capitalistas operadas por la mercancía pura. El objeto cuyo valor deviene en precio. Y cuya significación principal está en el acto mismo del intercambio. Y de sus mistificaciones: el fetichismo de la mercancía es tal vez el único vislumbre marxista que sobrevive fortalecido. El sistema y el producto del arte es su demostración más plena.
Larga introducción para una apreciación demasiado breve de la importancia no sólo pictórica de los elaborados lienzos que Pablo Patrucco ahora devela en esta exposición también filosófica. Atención a la criticidad inscrita en las preciosas composiciones y en las pinceladas precisas, al igual que en las serigrafías. Una ardua construcción conceptual y plástica entre cuyos muchos sentidos me importa resaltar aquí su comentario tácito al empobrecimiento de la experiencia vital ante la fascinación por la imagen: esa estetización difusa (José Luis Brea) que nos ubica a todos bajo un horizonte de mutaciones traumáticas para la condición humana hasta ahora conocida. |