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El Escándalo de La Laguna
 
 

No vestirá la mujer hábito de hombre,
ni el hombre vestirá ropa de mujer;
porque abominación es a Jehová tu Dios
cualquiera que esto hace.

Deuteronomio 22:5

 

Las aguas corren turbias en la antigua laguna de Barranco. Controversias insólitas han marcado sus espacios incluso desde mucho antes que el local tradicional y el parque aledaños fueran trastornados para la construcción de un eventual Museo de Arte Contemporáneo, interminablemente polémico.

Hace justo cinco décadas, ese mismo espacio sirvió de teatro soñado y fugaz para lo que se configura como el esbozo inicial, inconsciente casi, de una festiva legitimación semi-pública del travestismo. Un alumbramiento nocturno que, sin embargo, movilizó los aparatos e instintos persecutorios de cierta prensa diaria y del poder. “Escándalo sin precedente”, denominó entonces Caretas a lo allí acontecido y a las reacciones públicas que pusieron en evidencia los prejuicios e intolerancias de un medio dispuesto a persecuciones delirantes y flagrantes injusticias para satisfacer intereses subalternos y ansiedades moralistas.(1)

El resultado es una impresionante escena primaria de nuestra libido moderna, en sus exabruptos, miedos y contenciones. También en sus represiones. Un episodio oscuro, oscurecido más aún por el olvido a pesar de lo relevante e incisivo que ese escándalo resulta para la historia cultural distinta a la que aspiramos. Su develación, reflexiva y documental, puede por ello inscribirse en nuestras propuestas de una museología crítica. Mestiza, promiscua, liberadora. Transformativa.

 
 

“Detenido el que armó la orgía. Baile entre hombres causa repudio general. El Comisario de Barranco puesto en rigor. Local de La Laguna es clausurado. Poli hará redada con los que fueron a fiesta inmoral”.(2)

Todavía hoy impresiona la ráfaga de titulares persecutorios que el 2 de febrero de 1959 dispara la portada entera del vespertino Última Hora. Aquel precursor de la prensa sensacionalista limeña se anunciaba desde su logotipo como “el diario de mayor circulación en todo el Perú”, eslogan comercial que hace tiempo había reemplazado su idealista lema fundacional: “el periodismo es, en lo externo, una profesión; en lo interno, un sacerdocio”.

A veces, más bien, un ejercicio inquisitorial: ya el día anterior La Prensa, su periódico matriz, rendía cómplice cuenta de las protestas airadas del alcalde de Barranco por una celebración anticipada de carnavales en el restaurante La Laguna del llamado Parque de la Confraternidad.  “Ante la vigilancia pasiva de numerosos policías”, escandalizó aquella también primera plana, “se desarrollaba una inmoral fiesta, en que hombres de personalidad desviada estaban vestidos de mujeres, maquillados y pintados con rouge y coloretes, bailando con parejas masculinas”.(3) Los “anormales” parecían además “haber establecido una competencia de trajes lujosos, joyas y adornos”, despertando “la curiosidad inquieta de decenas de jóvenes barranquinos que desde los jardines exteriores […] asistían al desvergonzado espectáculo”. Varios de éstos últimos habrían sucumbido a la fascinación y pagado la entrada para contemplar de cerca el despliegue. Otros, luego se supo, prefirieron esperar la salida de los concurrentes para violentar a los travestidos.

 
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En ese primer momento no hubo, sin embargo, una represión policial abierta. Ésta se daría sólo a partir del día siguiente, forzada por el reclamo del alcalde distrital y de los diarios mencionados, al que también se le sumó La Crónica. A lo largo de la quincena, juntos alentaron una campaña implacable de homofobias articuladas mediante un sistema reconocible de satanización. En primer término, un bombardeo tipográfico criminaliza con argumentos moralistas comportamientos sobre los que no existe prohibición legal, hurgando luego en el Código Penal por justificaciones para las denuncias, establecida ya de antemano una culpabilidad subjetiva. En ese trance, aprovechando literalmente el pánico, terceros logran venganzas y beneficios personales para lo que usufructúan la manipulación de la opinión pública y de los poderes del Estado.

Cierta diluida tradición oral sostiene que la presencia en aquella fiesta de personas vinculadas a la alta sociedad determinó la eventual disipación del escándalo y su posterior olvido. No fue ése el caso inmediato, sin embargo, para quienes carecían de suficientes privilegios. Tal vez ello explique el entrelineado de la escueta nota única que Caretas le dedica al tema, exigiendo sanciones igualitarias para todos los involucrados y resaltando el que “sufran prisión o persecución una serie de jóvenes irresponsables de su enfermedad, en su mayoría corrompidos y no corruptores, y que los verdaderos delincuentes, los que en una u otra forma alientan estas exhibiciones, se hayan esfumado en la ‘dispersión’ y en las muchas horas que se tardó en ‘suspender’ el baile”.(4)

Los tres diarios ya mencionados no admitirían tales matices. Además de sensacionalista, su ofensiva mediática fue sobre todo aterrorizante, propiciando carcelerías, anunciando redadas, insinuando delaciones. Se amenaza incluso la difusión de placas automovilísticas e imágenes comprometedoras, con toda probabilidad inexistentes. Aunque La Prensa asegura contar con tomas probatorias del escándalo, desiste de publicarlas “porque el sentido de nuestras informaciones no es divulgar lo bochornoso del suceso, sino hacerse eco de la indignación colectiva que ha despertado”.(5) Con mayor saña, Última Hora sostiene haber entregado a la policía todas las instantáneas de los “afeminados” en la fiesta, “para cooperar a su identificación”.(6)

 
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Por cierto, el mismo periódico publica sin escrúpulos tomas vinculadas a las capturas e interrogatorios posteriores de los “pervertidos”. Y rescata de su archivo los sugerentes retratos travestidos de uno de ellos cuando tres años antes anunciaba su voluntad de someterse en Dinamarca a una operación de cambio de sexo, al modo de Christine Jorgensen, el primer caso de ese tipo publicitado en los grandes medios.

 
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Junto a titulares ominosos (“Policía encanará a los anormales”; “Fotos y datos a montones”; “Van cayendo los del baile”; “Prefecto dice que no están todos los que son”; “Caso se agrava”), Última Hora difunde los nombres completos de los perseguidos, indicándose sus direcciones y oficios (“modistón”, peluquero, decorador, bailarín de ballet). También se destaca la condición extranjera de varios, en tanto otros “habían hecho viajes exprofesamente desde provincias para asistir, como el caso de [uno] que llegó desde Ica, para disfrazarse de odalisca”.(7)

Comentario aparte ameritaría la paradójica fascinación por el supuesto lujo de los trajes femeninos, “los cuales eran sorprendentes en cuanto a resultados, pues habían logrado hacer casi perfectos sus atavíos. Uno tenía un disfraz de tigresa; otro de vampiresa; tres o cuatro de bailarinas de can-can; uno de esquimal; y varias versiones reducidísimas con bikini y antifaz. Aquellos que prefirieron lucir trajes de noche habían hecho verdadero derroche de dinero”.(8)

La fantasía de los periodistas parece haberse exacerbado ante la ausencia de pruebas o infracciones concretas que reportar. Se mencionan otras orgías supuestas, en espacios privados o públicos (“En el ‘Kontiki’ de La Herradura fue anterior bacanal de los pervertidos”, clama un subtitular de La Crónica el 8 de febrero). Incluso se fabulan denominaciones para los organizadores de la fiesta, dizque agrupados en un “Comité de Señoras y Señoritas Lima Nº 1”, o en “el Club VCQ (Vive Como Quieras)”.

Intencionados recuadros alientan las supuestas bromas con que en Lima entera se ironizaría sobre la pretendida presencia de conocidos en la fiesta de La Laguna. Continuamente se habla de un “enorme repudio en toda la ciudad”, pero la única evidencia es la “repugnancia y estupor” expresados en el altisonante comunicado suscrito por la Asociación Peruana de Higiene Social (sic), en atribuida representación de media docena de otras entidades, incluyendo el Movimiento Cívico Femenino del Perú, la Acción Católica Peruana, la Legión de la Decencia del Callao, la Cruz Roja (?)…(9) Incluso se anuncian “desagravios al pueblo de Barranco” en la forma de curiosos agasajos al alcalde persecutor.(10)

No faltaron quejas en relación a la inexistencia de dispositivos legales explícitos para reprimir esos comportamientos “anormales”, por lo que muchos detenidos debían ser liberados tras un cierto tiempo de carcelería –aunque no sin antes haber sufrido vejámenes y violencias. O, en otras ocasiones, el radical corte de sus cabellos.

Se propaga así una cultura de la denuncia y de la sospecha, de la befa y de la vergüenza, pasmando cualquier reacción potencial por los derechos legales y humanos de aquellos a los que esa misma prensa luego denominaría “los vulnerables”. El propio organizador del baile parece haber hecho referencia a “fiestas prohibidas” que en Rio de Janeiro se realizaban sin problemas y con cobertura amable de los medios, pero al mismo tiempo intenta argumentar que la de Barranco fue tan sólo una “reunión de simpatía”, donde todo transcurrió en alegre “normalidad”, salvo por el bullicio de un grupo de “elementos de baja categoría” que habría hasta vadeado la laguna para burlar el control de ingreso en el puente.(11) (Relatos no escritos sostienen, en cambio, que fueron los travestidos quienes mojaron sus preciadas indumentarias, al intentar retirarse de la fiesta sin ser identificados y maltratados por la muchedumbre que el alcalde azuzaba en los exteriores del restaurante).

Tampoco ayudó mucho el que el administrador de La Laguna contratara a un abogado (“leguleyo”, lo llama Última Hora) con ansiosa propensión a aclarar que su apoyo se formulaba desde un punto de vista “estrictamente comercial en lo que se refiere al contrato” del local, pues “hay en mí algo interior que no me permite defender a esta clase de sujetos”. En esa línea, llega a sugerir que su representado no podría haberse percatado de las peculiaridades de los festejantes, “porque es sumamente miope”.(12)

Hay en todo esto un elemento de melodrama que pareciera risible.  Las consecuencias, sin embargo, no lo fueron. El propio comisario de Barranco resultó destituido y detenido en un cuartel por su aparente tolerancia y negligencia, cuando no complicidad (el organizador del encuentro era su cuñado). Una decena de quienes se habrían travestido para la fiesta terminaron en prisión y sometidos a “exámenes médicos” para demostrar su condición de “homosexuales pasivos” (al menos dos intentaron suicidarse). También se arrestó a un modisto que no participó de la reunión pero es incluido en la causa por confeccionar vestidos femeninos para algunos de los invitados.

En ese carnaval de arbitrariedades no sorprende el que con igual afán incriminatorio se destacara la presencia de artículos de maquillaje en la casa de quien contrató los salones para el baile. La Crónica lo acusa de ser homosexual por declarar  “nerviosamente y haciendo a menudo ademanes propios de los sujetos de su calaña”.(13) Esta descripción es luego desmentida por uno de los oficiales encargados de la investigación, para quien se habría “armado una tempestad en un vaso de agua”.(14) Pese a esos y otros matices, sin embargo, Última Hora persiste en buscar opiniones para configurar delitos como el de proxenetismo, aunque ninguna fuente habla de actos de prostitución.(15)

 

A todas luces se trata de un linchamiento, sin otra explicación que el de la hipocresía moral y motivaciones subalternas como tal vez las denunciadas por algunos de los afectados: venganzas y pleitos personales o intereses de funcionarios que procuraban abrir una licitación nueva para el manejo del restaurante. De hecho, también el concesionario es detenido por el simple acto de haberlo alquilado para la fiesta. Aprovechando esa reclusión, el local es clausurado, sus bienes son embargados y se le despoja de la administración a cuyo funcionamiento se había dedicado desde 1946. A los pocos meses hasta el nombre del establecimiento es transformado –¿travestido?– del femenino La Laguna a las connotaciones sementales de El Caballo Negro.(16)

  Caballo negro
 

Ruina económica y social, vejámenes y violencias tanto físicas como psicológicas. Y al otro extremo, impunidad garantizada para las difamaciones y los delitos reales de agresión contra los “disfrazados”. “El orden se alteró sólo al final cuando las parejas abandonaban el local”, informa el 2 de febrero la propia Última Hora: “Jóvenes barranquinos que se pasaron la voz, agredieron indignados a algunos machihembrados, los golpearon y los arrojaron a los estanques que rodean el local. La policía no actuó tampoco en esos momentos”.

Tampoco cierta prensa, demasiado ocupada en la estigmatización de las víctimas. Ciudadanos cuya alteridad se expone a la irrisión periodística, como en un moderno “paseo de la vergüenza pública”: esa procesión infamante por las calles de Lima que las autoridades coloniales le imponen en 1803 al mulato Francisco Pró cuando su masculinidad es descubierta bajo el atuendo de una tapada.

Oscurantista y anacrónico, en el escándalo de La Laguna puede hoy además verse la escena primaria de otras cacerías mediáticas de brujas, instrumentalizadas en términos no sólo sexuales, sobre todo durante la dictadura de Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos. Y el antecedente paradigmático de cacerías aún más literales, como las matanzas de travestis motivadas en las décadas de 1980 y 1990 por patologías individuales y por ideologías partisanas que se pretendían revolucionarias.

Como tan agudamente señala Giuseppe Campuzano, toda peruanidad es un travestismo. En más de un sentido.

 
Cristina
 

INVESTIGACIÓN Y TEXTOS:

GUSTAVO BUNTINX / DANIEL CONTRERAS / SOPHÍA DURAND

Documento publicado como acompañamiento de la exposición
Alteridades: el travestismo en las colecciones de Micromuseo,
inaugurada el 10 de abril de 2008 en el Paradero Habana
de nuestro museo itinerante.

© marzo 2008

 
Notas    
 

1. “Escándalo sin precedente”. Caretas 172. Lima: 21 de febrero-3 de marzo de 1959. p. 13.

2. “Detenido el que armó la orgía”. Última Hora. Lima:2 de febrero de 1959. p. 1.

3. “Una fiesta de inmorales hubo anoche en Barranco”. La Prensa. Lima: 1 de febrero, 1959. pp. 1, 6.

4. Op. cit.

5. “Detienen a comisario de Barranco por permitir fiesta de inmorales”. La  Prensa. Lima: 2 de febrero de 1959. p. 1.

6. “Policía no parará hasta barrer con patota de inmorales en Lima”. Última Hora. Lima: 3 de febrero de 1959. p. 4. Las dos fotografías de travestidos que Caretas difunde aparentan ser de origen europeo, y aunque las imprime junto a una vista de La Laguna no ubica a los retratados en ese contexto.

7. “Van cayendo los del baile”. Última Hora. Lima: 4 de febrero de 1959. p. 3.

8. “Disfraces femeninos eran lujosísimos. Había modelos de todo tipo”. Última Hora.  Lima: 2 de febrero de 1959. p. 3.

9. “Protestan diez instituciones por la ´fiesta´de Barranco”. La Prensa. Lima: 2 de febrero de 1959. p. 2.

10. “Caen más inmorales. Desagravio a alcalde”. Última Hora. Lima: 5 de febrero de 1959. p. 5.

11. “Está preso el comisario que permitió fiesta de pervertidos en ´La Laguna´de Barranco”. La Crónica. Lima: 2 de febrero de 1959. p. 3. También:  “ ‘Hubieron 30 mujeres en la fiesta’ declara el sujeto que la organizó”. La Crónica. Lima: 3 de febrero de 1959. pp. 3, 10.

12. “Leguleyo saca cara por administrador”. Última Hora. Lima: 6 de febrero de 1959. p. 4. También: “Detenidos por baile de ‘La Laguna’  pasan hoy a disposición del juez”.  La Crónica. Lima: 6 de febrero de 1959.

13. “Está preso el comisario que permitió fiesta de pervertidos en ´La Laguna´de Barranco”. Op. cit. También:  “ Encontraron artículos para maquillaje en el departamento de Galindo Rojas”. La Crónica. Lima: 3 de febrero de 1959. p. 3.

14. Ibid.

15. “Contarán sus pecados al juez, niños de La Laguna: para que código sancione”. Última Hora. Lima: 6 de febrero de 1959. p. 4.

16. “El Caballo Negro’ será el restaurant más lujoso y moderno de la Gran Lima”. Barranco. Revista Municipal del Distrito 5. Lima: julio de 1959.

     
   
     
 
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