se han mantenido mayormente inéditos. Una memoria del olvido, por utilizar la aguda frase con que Anamaría McCarthy presenta el testimonial doliente de su experiencia y la de su hermano Kevin en el atentado de Tarata. Como complemento de esa muestra inicial, exhibimos ahora la documentación extensa de las intervenciones taumatúrgicas de Ricardo Wiesse en las fosas donde se pretendieron ocultar los cuerpos de los desaparecidos de La Cantuta.
Partes de guerra: el título genérico de estas exposiciones y de las publicaciones que las acompañan puede, sin duda, entenderse en su acepción figurada: noticias desde el frente, crónicas de trinchera. Pero también en el sentido más literal e inmediato: símbolos fragmentados de nuestra historia hecha pedazos.
Símbolos fragmentarios: las dos muestras así planteadas prolongan en otro sentido, más específico y puntual, varias exhibiciones previas en las que se ensayaron exploraciones amplias de las múltiples relaciones entre arte y violencia. Exposiciones como Mallki: la exhumación simbólica en el arte peruano (2002), Carne viva (2003) y País del mañana: utopía y ruina en la guerra civil peruana (2004), realizadas todas en el Centro Cultural de San Marcos. O Lo impuro y lo contaminado: pulsiones (neo)barrocas en las rutas de MICROMUSEO, presentada en la última Bienal de Valencia (2007).
Pero no hubo en ellas, ni la hay aquí, pretensión exhaustiva alguna, sino un avance más en el rescate sistematizado de aquella porción de nuestro arte que, desafiando todo riesgo y (auto)censura, optó por significar la emoción y el momento.
Léase, tras esta intención histórica, un homenaje crítico –por continuar. |