“Es como un deporte. Unos cuantos golpes y no pasa nada.
Te desestresas de todo el año y sus problemas”.
Recogido del profesor Juan Cancio.
Plaza de toros, Santo Tomás, 25 de diciembre de 2007.
Motivados por la fascinación de hallarnos ante una historia inexplorada que espera aún ser escrita, el año 2007 iniciamos una pesquisa sobre la lucha libre en el Perú, aquello que una deformación del idioma inglés hizo conocido como el catchascán. El propósito primero era la edición de un libro que recorriera el auge y la decadencia de este popular deporte de espectáculo. No intuíamos todavía las derivaciones insólitas a las que nuestra perseverancia llevaría.
La investigación original continúa. Pero ahora parte de ella es la decisión de incorporar y espectar todo tipo de lucha. Desde el tímido retorno actual del catch en casi clandestinos gimnasios del Callao o coliseos de Lima, hasta peleas de box, de vale todo, de kickboxing, en la Bombonera del Estadio Nacional del Perú. El mundo sensacional de esa maquinaria de emociones que rodea a la imagen del luchador se nos fue descubriendo más allá de los archivos.
Un día llegó a nosotros la noticia de luchas rituales en las alturas del Qosqo (Cusco), celebradas extrañamente durante la Navidad en poblados de Chumbivilcas, manteniendo una diferencia crucial hacia las más conocidas batallas comunales en otros distritos como Chiaraje y Ttocto: en tanto estas últimas escenifican rivalidades colectivas, el takanakuy(1) se distingue por la demostración personal, pública pero individualizada, de coraje y fortaleza física. Es un examen ante la sociedad misma. Y ahora ante nuestros propios ojos, cuando en diciembre de 2007 fuimos casi los únicos testigos foráneos de esta rara tradición, excepcional por mantenerse fiel tan sólo a las expectativas y demandas de la propia comunidad que la genera.
La relevancia de lo hallado a catorce horas de la “ciudad imperial” surge así como algo orgánico que merece ser reconocido de manera amplia e independiente. Se trata de un rito en el que, a través de puñetes y patadas, se dirimen las cosas: se afianzan o terminan las relaciones, se pierde una mujer, se gana un hombre, un caballo, una vaca, un pedazo de tierra. En resumen, una catarsis colectiva que anualmente ajusta, regula, los engranajes de esta sociedad campesina. Exceso total de las formas y de los hábitos.
En la tradición oral los orígenes de estos pugilatos rituales entremezclan relatos mítico-religiosos –la pelea de dos Niños sagrados– con explicaciones históricas que se remontan a la Colonia –luchas entre esclavos negros, primero, y luego entre siervos indígenas, propiciadas por los hacendados–. Carecemos de fuentes suficientes para dilucidar ese tema, aunque sí es factible especular sobre la significación profunda de la vigencia actual de estas fiestas de sangre, como tan sugerentemente lo ensaya Harold Hernández en la interpretación antropológica que él realiza especialmente para esta muestra y Micromuseo publica en el anexo de este catálogo. Lo que aquí revelamos, más bien, con textos e imágenes, es la expresión propia de lo por nosotros visto y vivido en los pueblos altoandinos de Llique y Santo Tomás. A 3600 metros sobre el nivel del mar.
Ver para creer, dijo el apóstol. Pueblo de Santo Tomás, “Santoto” de cariño, un 25 de diciembre de 2007 por la madrugada. La wayliya(2) brota desde lejanos parlantes. Será la banda sonora de los próximos días. “Chumbivilcas, tierra de bravos qorilazos”(3), reza el afiche en la empresa local de transportes. Y en tierra de hombres bravos siempre ocurre algo distinto: celebrar aquí la Navidad es reventarse la cara a golpes. Por honor.
Sale el sol y Negros, Majeños, Qara capas y Langostas(4) recorren las calles portando uyach’ullus(5), casacas y qarawatanas(6) sobre las piernas. Otros llevan cernícalos y zorros en la cabeza. Pero todos bailan, palmotean sus muslos como gallos, graznan e impostan la voz en este recorrido de bandos(7).
El día empieza con el buñuelos ch’aquy(8), frente al mismo templo desde donde un cura norteamericano intenta prohibir las “luchas salvajes”. Sin hacerle demasiado caso, inician todos, hombres, mujeres y bandas, el camino al ruedo. Sea una plaza de toros en Santo Tomás o un gran círculo de tierra en Llique, un despliegue de árbitros, de rudos y técnicos, de narradores y héroes locales –como Washington Gallegos, el popular “Wachi”– sucede ante los espectadores. La justicia, el bueno y el malo, la riña aguantada, la amistad en prueba, el deporte y la cultura, todo explotará aquí, en paradójica celebración de una Navidad sangrienta.
El rito se convirtió en violencia y la violencia en una fiesta. Un espectáculo tan humano como la sangre que hierve entre dos cuerpos enfrentados en medio de un círculo humano que se irá reduciendo hasta la asfixia. Los teniente-gobernadores que harán de árbitros repartirán chicote para evitarlo.
Sorprende ver enmascarados monstruos de Frankenstein, Hombres Lobo y ogros de halloween. Asimismo, incontables imágenes de John Cena y Rey Misterio –las estrellas internacionales de la lucha libre convertida en espectáculo mediático– luciéndose con orgullo en los polos.
Luchan los niños, porque desde pequeños se forman los briosos. Chocan los grandes, hombres y también mujeres. Todos en medio de patadas, golpes y chorros de sangre escupidos sobre la tierra. La emoción será permanente y violenta: se cuenta de muertes y graves accidentes. Por eso está prohibido atacar al caído: mandarlo a tierra ya asegura la victoria. Y entonces del gesto feroz se pasará al abrazo y a la sonrisa.
Avanza el día, sólo se respira el polvo y hay broncas simultáneas por doquier. Mientras corre el licor, los látigos surcan el aire. Sólo se oyen golpes sobre la cara, graznidos y gritos. Hacía las cinco de la tarde ya existe un estado total de embriaguez. Y la convicción de presenciar una violencia que repara y une.
Una mística y un deporte, un desahogo colectivo que culmina cuando el pueblo entero ha renovado sus ánimos o el pacto para otra pelea. Pero eso ya será el próximo año. Cuando ese goce causado por los cuerpos en lucha, enfrentados en pos de una victoria que señale al mejor, se repita. Y allá irán los luchadores.
Daniel Contreras / Sophia Durand
Taller de Mecánica
Micromuseo (“al fondo hay sitio”) |