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Una musealidad mestiza, una musealidad promiscua
 
 

La exposición Tres al cubo es concebida como propuesta pictórica por Ángel Valdez y transmutada en intervención política y teológica por la colaboración entre A Imagen y Semejanza (AI&S) y Micromuseo (“al fondo hay sitio”). En esta alianza y lucha se actualizan los planteamientos de una musealidad mestiza, una musealidad promiscua, con que el último de esos proyectos plantea la desjerarquización violenta del arte en su reintegración fecunda a la más amplia cultura material de la que forma parte. Hasta el punto de colapsar la distancia implícita en las denominaciones de “artesano” y “artista”, reemplazando ambas por el solo término de “artífice”.

Esta criticidad nueva en la praxis museal yuxtapone los fragmentos dispersos de nuestras muchas expresiones, recíprocamente iluminadas por sus contrastes tanto como por sus articulaciones. Estrategias friccionarias cuyo principio dinamizador es no reprimir sino productivizar las diferencias. Ubicar en escena museográfica el carácter discontinuo de la historia y de la cultura y de la política en una sociedad hecha de fracturas. Una comunidad inimaginada donde ningún presente cancela todos los pasados irresueltos que se derraman, que se derrumban sobre nosotros.

El resultado es la exhibición paritaria de lo erudito, lo popular y lo masivo en un solo flujo icónico. Lo artesanal, lo (semi)industrial, lo artístico. Lo prehispánico y lo moderno, lo colonial y lo contemporáneo, en asociaciones ilícitas, insólitas, pero no ajenas a las que ofrece nuestra vivencia permanente de simultaneidades aparentemente inconexas.

El objeto deviene así en un constructo alegórico cuyos elementos se articulan mediante relaciones no de identidad sino de analogía y fricción. Una estructura alegórica del lenguaje museal surgida de la ambivalente estructura de sentimiento en nuestros tiempos terminales. Imágenes dialécticas cuya fuerza paradójica radica precisamente en la contradicción: lo que a través de ellas se pone en escena no es una totalidad sin fisuras sino una conciencia radical hecha de fragmentos ásperamente superpuestos. No la adaptación sino la exaltación de la diferencia.

 
 
 
 
 

Es desde esa mirada excéntrica que esta muestra se concibe también como una exploración disonante de las variables inserciones del imaginario trinitario en nuestra cultura múltiple. De las referencialidades católicas explícitas a sus hibridaciones en las leyendas de trillizos falcónidos recogidas por algunas tablas de Sarhua, o en los usos rituales de cántaros campesinos que exhiben tres cabezas de puma. Pasando por los tránsitos adicionales de ciertas efigies prehispánicas que descienden a baratos amuletos turísticos. Para luego transmutarse en complejas composiciones pictóricas como las que Ángel Valdez ensaya en Caldo de cultivo (véase imagen inicial), con adicionales connotaciones amazónicas.

 
 
 

Éstas se multiplican en algún afiche para el grupo de cumbia tropical Juaneco y su Combo. Y en el sobrecogedor retrato en que el pintor callejero Lu.Cu.Ma. desplaza la semblanza de un chamán selvático hacia la figura mítica del chullachaqui, representado en poses reminiscentes también del fichaje policial al que tantas veces ese artífice-presidiario se vio sometido. Las tres mitades de Ino Moxo (César Calvo).

 
 
 
 

Inevitablemente uno piensa también en las trinidades de tres figuras iguales, o en los Cristos trifaciales que poblaron cierto imaginario colonial aún tras la prohibición de tales representaciones “monstruosas” por parte de la iglesia. Teratologías sacras cuyo poder de fascinación se prolonga hasta nuestros días. En reelaboraciones artísticas como las planteadas por A Imagen y Semejanza, sin duda, pero incluso también en las representaciones políticas de vocación revolucionaria y laica: hay una probable latencia de tipo religioso –no menos poderosa por inconsciente– en la efigie tricéfala de José Carlos Mariátegui que en 1984 le dio emblema a la fusión de igual número de organizaciones de izquierda en el Partido Unificado Mariateguista (PUM). O en el antecedente velasquista de Jesús Ruiz Durand donde Túpac Amaru se ofrece bifronte con la tercera presencia mesíanicamente proyectada desde la irradiación solar de su centro vibrátil.

 
 
 
 

La belleza excéntrica de estas representaciones es también un terror sagrado, siempre a punto de emerger y manifestarse aún de modo involuntario. A veces desde la realidad más dramática, como en la difusión periodística del nacimiento de una niña de tres cabezas en Uchuraccay (en Uchuraccay). Pero también desde el sensacionalismo ramplón que inventa mujeres dotadas de tres cerebros o de pechos tres, en relación incluso con la numeración satánica del tres veces seis (666) inscrito en la frente de un hombre como erupción cutánea mediante burdos retoques fotográficos. Apocalipsis de feria.

 
 
 

Supercherías burdas tras las que se insinúan, sin embargo, los restos diurnos de un ensoñamiento mítico. Inercias simbólicas aflorando inconscientes y esporádicas entre el torrente de imágenes que inunda nuestras retinas. Como esquirlas de una explosión teogónica que desparrama restos inconexos de sacralidad en nuestras prácticas más mundanas.

Una religiosidad fragmentada pero proliferante. Tal vez hay un aura aún vigente en la supervivencia icónica de la Trinidad. Un ansia de totalidad recuperada desde el propio reconocimiento de la fractura y de la diferencia. Su incorporación incluso literal: la integración de lo distinto al único cuerpo místico de Dios, al múltiple cuerpo cultural de la imagen. Siempre deseante.

 
 
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