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Miguel Ángel Rossini cabalgando una llama
ca. 2000
(Fotografía anónima)

 

Sinopsis

 

- I -

Miguel Ángel Rossini (Lima, 1930 – El Callao, 2007)
vivió todos los trances del arte terminal del mármol convertido en lápida.
Su taller, frente al cementerio de El Callao,
se convirtió en restaurante antes de ser expulsado
por la modernización edil de ese entorno.
Y su trabajo fue derivando hacia la materialidad
más elemental del cemento.

Una devaluación técnica
que, sin embargo, le serviría también para plasmar un arte popular nuevo
que conoció su madurez
durante la República de Weimar Peruana (1980-1992).
Hacia el final de ese periodo
sus extravíos formales supieron atraer el comentario irónico
––pero también afectivo––
de algunas sensibilidades sofisticadas,
como las de los hermanos Jaime y Juan Enrique Bedoya.

Antes de caer en el olvido que esta muestra intenta revocar.

 

Juan Enrique Bedoya
Retrato del artífice Miguel Ángel Rossini
1991
Fotografía repintada e incorporada
a marco de Miguel Ángel Rossini
(pintura sobre cemento moldeado con alma de fierro)
Micromuseo (“al fondo hay sitio”)
(Donación de Juan Enrique Bedoya)
(Fotografía: Gustavo Buntinx)

 

- II -

Las obras aquí reunidas se ofrecen no como una exposición
sino como una urgencia:
la del rescate siempre esencial,
pero cada vez más ignorado,
de la pulsión expresiva en toda aquella producción simbólica
que nos negamos a llamar arte.
Su sentido otro, su otra belleza.

Su esteticismo incluso. Quizá heroico:
hay una angustia vaga por lo sublime
en la hiperdecoratividad de algunas de estas expansiones.
En sus desproporciones monumentales,
en la banalidad aparente de sus abigarramientos.

Todo lo excéntrico que hace de tales manifestaciones marginales
una marca de autenticidad delirante.
Con insinuaciones casi míticas:
sirenas estigmatizadas;
una joven Susy Díaz confundida en Venus.
O la figura acaso sacerdotal de un veterinario
conduciendo a su última morada a un perro vivo,
mientras Felipe Pinglo entona un vals casi cadavérico
y africanos “salvajes” acechan con la sensualidad de sus armas.

 

Miguel Ángel Rossini
Luis Felipe Pinglo
ca. 1980-1991
Pintura sobre cemento moldeado
con alma de fierro
(la base es un añadido
proporcionado por Juan Enrique Bedoya)
Micromuseo (“al fondo hay sitio”)
(Donación de Juan Enrique Bedoya)
(Fotografías de Inon Sani,
tomadas durante el montaje de la exposición)

 
 

Miguel Ángel Rossini
Africanos
ca. 1980-1991
Pintura sobre cemento moldeado con alma de fierro
Micromuseo (“al fondo hay sitio”)
(Fotografías de Ana María MacCarthy,
tomadas durante el montaje de la exposición)

 

Los restos del hechizante “Circo Rossini”
así concebido y denominado por su autor como compensación imaginaria
por una vida de labores eternas y pocos reconocimientos.
Hay cierta ironía en el hecho que Rossini
ponderara siempre la necesidad de crear obras sólidas,
pesadas, contundentes.
A contrapelo de una sociedad y una época
en la que todo tendía al abandono, al desgano, a la ruina:
sus fantasiosas mesas estaban también concebidas
como cobertura y refugio doméstico ante la eventualidad de un terremoto.
O de un coche-bomba.

 

Miguel Ángel Rossini
Circo
ca. 1980-1991
Mesa: mosaico de fragmentos de mármol y piedra
en soporte de cemento
Micromuseo (“al fondo hay sitio”)
(Fotografía de Inon Sani,
tomada durante el montaje de la exposición)

 

El deterioro, sin embargo,
alcanzaría también a estos volúmenes impresionantes.
Y les otorga ahora, incluso a los más festivos,
una inquietante proyección alegórica.

Y una denuncia involuntaria sobre nuestros tiempos.
Pan o circo.

 
 

Miguel Ángel Rossini
Susy Díaz
(verso y reverso)
ca. 1985-1995
Pintura sobre cemento moldeado con alma de fierro
Micromuseo (“al fondo hay sitio”)
(Fotografías de Inon Sani,
tomadas durante el montaje de la exposición)

 

Miguel Ángel Rossini
Susy Díaz
ca. 1985-1995
Pintura sobre cemento moldeado con alma de fierro
Micromuseo (“al fondo hay sitio”)
(Fotografías de Ana María MacCarthy,
tomadas durante el montaje de la exposición)

 
 
 

Miguel Ángel Rossini
Conjunto escultórico para el cementerio de canes
de Pachacámac
ca. 1980-1991
Pintura sobre cemento moldeado con alma de fierro
Micromuseo (“al fondo hay sitio”)
(Fotografías completas de Sonia Cunliffe,
fotografía de detalle de Susana Torres,
tomadas durante el montaje de la exposición)

 

- III -

El 8 de diciembre de 1987
un accidente de aviación ahogó en el mar
a casi todos los integrantes del equipo de Alianza Lima.
Y se hundió también con ellos
parte de la poca esperanza y alegría que en el Perú quedaban
durante esos años terribles.

En 1991 se le comisionó a Rossini
el monumento conmemorativo de la tragedia.

Hoy luce vandalizado y despojado
en algunos de sus elementos más simbólicos.
Algunos de los rostros de las víctimas
han sido mutilados.
Y todos ellos se ven desdibujados
por la impuesta pintura negra que los opaca.

Una mancha de maltrato y olvido
que esta exposición propone limpiar.

 

 

 

Miguel Ángel Rossini
Monumento a los futbolistas caídos del Club Alianza Lima
en su condición actual de deterioro
1991 - 2015
Cemento moldeado
con alma de fierro
Ubicado entre las avenidas Manco Cápac y México del distrito de La Victoria, Lima
(Fotografías de Daniel Cassinelli, tomadas en 2015)

 

 
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