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Patricia Bueno (dirección de video) /
/ Gustavo Buntinx (concepto de obra ) /
/ Iván D'ónadío (dirección de fotografía) /
/ Jesús de la Cruz (acción)
Develación (versión I)
2017
Video. 12:20"
MICROMUSEO ("al fondo hay sitio")

 

Hace nueve años el Café Bar Habana
cedió generosamente a Micromuseo
el uso de su Espacio de Arte.

En apenas diez meses allí realizamos
seis exposiciones de alta tensión poética.
Y política.
Y religiosa.1

Es desde ese entrecruzamiento preciso
que ahora reinauguramos
nuestro Paradero Habana.

Precisamente en vísperas
del Día Internacional de los Museos.

Y desde lo más denso de un 2017
que hemos denominado
Año de la Radicalización Espiritual
de las Museotopías.

Un escarbar por los restos de lo sagrado
en nuestros días cada vez más profanos.

Más profanados.

Como la modesta semblanza en mayólicas
de la Virgen Milagrosa
─devoción emblemática del barrio limeño de Miraflores,
pero también de la Tierra Madre y Mestiza─
que se adhirió a este ambiente
hace siete u ocho o nueve décadas.

Es probable que entonces ornara un patio hogareño,
luego trastornado en recinto para fines comerciales
que, sin embargo, mantuvieron intocada a María.

Como lo hizo también Micromuseo
durante los despliegues artísticos
que en el 2008 respetuosamente la ocultaron.
O la exaltaron,
en cierta ocasión,
mediante un marco neocolonial,
dorado y tallado entonces a la medida,
luego perdido y ahora reaparecido,
en el momento preciso
para la rehabilitación actual
de la imagen.

Contra toda lógica y expectativa.
(El azar no existe).

Culminado ese primer ciclo de muestras,
otros usos determinaron que la efigie
permaneciera una década
sepultada bajo masillas y pigmentos.

Una decisión ajena que
─sin saberlo, sin quererlo─
propiciaría el acto simbólico mayor
que ahora asumimos:
la exhumación de la Virgen
encubierta por la espesa capa
de rojos coagulantes.

Como la heráldica escondida
de un estandarte ignorado.

Una alegoría
(involuntaria):
el cuerpo de la Virgen reprimido
bajo la razón racionalista.
O instrumental.
O ideológica.
O llanamente decorativa.
(Pero nada más gravemente ideológico
que lo llanamente decorativo).

El cuerpo reprimido
del Espíritu.
Aunque inquietado siempre
─inquietante─
como latencia:
el latido subyacente de la mancha indiciaria
que bajo la materia pictórica
transpira
su presencia negada.

Su fantasma.

Su fantasía:
es una torsión perversa
─y sublime al mismo tiempo─
la que en esta acción nos lleva
a liberar el hálito
de esa forma
dos veces prisionera.

Entrampada primero
en lo convencional de su factura discreta.
Y atrapada luego en la supresión que
─inconsciente─
la engloria al así prepararla,
─al ofrecerla─
para su redención.

Su develación
─es el título de esta liturgia─
en un gesto
concebido como arte nuevamente tangible
y no objetual
al mismo tiempo.

Una imagen recuperada
en su materialidad más basta.
Pero al mismo tiempo transfigurada
por el registro tecnológico
de esa acción,
proyectado a sangre
─a sangre─
sobre la gran pared
que así deviene lienzo.

Atención a las proyecciones otras,
implícitas,
en la captura lumínica
de aquel trabajo,
de aquel sudor.

Histórico.
O tal vez religioso.
A su manera.

A su manera,
un arte sacro.

A contrapelo, a contracorriente,
de todo, casi todo,
lo que hoy se nos impone
como contemporáneo en el arte.

El ícono liberado y el video de su liberación,
yuxtapuestos en un mismo ambiente,
ensayan una ofrenda paradójica.

Postconceptual,
Premoderna.
Reparadora.

Un pagopagapu.

Una restauración
que en nosotros renueva
─así se fantasea─
tantas cosas.

Pero sobre todo la esperanza
de un arte que nos devuelva
a los sentidos primeros,
primarios, primordiales,
del arte.

Contra todo aquello que el arte sistémico trastorna.

Y el arte más humilde
─más artesanal
rescata.
Incluso desde sus representaciones más rutinarias.

Resignificadas, complejizadas.

Por el ritual nuevo,
claro.
Pero también por el tiempo.
Y por el espacio.

Por el Espacio:
por las fricciones
de un emplazamiento
en el que ahora el rostro de María emerge
─visible desde las aceras─
entre los diablos azules
de la noche limeña.
Miraflorina.

Y la proyección devota
ilumina con una luz otra
el fulgor festivo de la calle Manuel Bonilla:
otrora apacible,
hoy uno de los vértices
de la ciudad embebida
en su propia efervescencia.

De lo espiritual a lo espirituoso.
O viceversa.

("POP"
reza invertido
─invertido─
el letrero fluorescente
de la cantina aledaña
que se refleja
sobre la ventana traslucida
por el rostro de María).

Vicio de la versa.
Y de la visión intermitente
que en los encuadres casi finales del video
reemplaza al tiempo real de las tomas
por el Tiempo suspendido de la mirada.

El derrotero del ojo
que salta y se detiene
en cada atisbo peculiar
de la semblanza rutinaria.

Fijaciones acompasadas
─en una de las dos versiones de este video─
por el solo silencio.

Como una oración ocular.

(En la versión segunda
ese Silencio ensordece
la imagen de clausura).

Cada atisbo peculiar:
nos importa,
ante la Oscuridad de los Tiempos
─El Gran Ocaso─
el que este ícono derrame luz desde sus dedos.

Y pise y domeñe
a la Sierpe,
que sin embargo se agita insinuante
sobre el Mundo que a la Virgen sostiene.

Eros y tánatos.
(Atención al desprendimiento
que daña y corona
la cabeza víbora).

Nos importa asimismo
el que la efigie aquí compuesta de azulejos
muestre invertido
─invertido─
uno de ellos.
Bajo el bajo vientre.
Un Descendimiento.

Ese acto fallido es también una histeria.
Y es un punctum.
Y es un Signo Otro.

Una semiosis cósmica.

Como en aquellas señales divinas
que apelan al error humano
para inquietar nuestra contemplación
con un descalce ínfimo.
Ligero, ligerísimo,
apenas advertido.
Pero suficiente para deshabituar
nuestra inconciencia banalizada.

Nuestros desangelados tiempos sin Dios.

Nos importa, además, la mácula blanca
que salpica a la Virgen en su mirar.

Otro punctum.
Literal:
esa mancha es,
en realidad,
una punción.

Una grieta, una herida.
Una pérdida matérica
que deviene ganancia espiritual.

Y pictórica:
una alusión impensada a las nebulosas encendidas
que lastiman y subliman
 las pupilas místicas
de las visiones alumbradas
por el pincel de El Greco.
Que transformaron mi pubertad.
Y desviaron mi alma.

Hacia el arte, hacia el aura.

Nos importa, igualmente,
el sobresalto inesperado
(minuto 8:12”)
del clavo que bajo el martillo
rebota hacia nuestros ojos.

Casi un guiño.
Acaso el de María.

Y nos importa la sombra insinuante de ese martillo.
Y el ademán casi crístico del artífice
que abre sus brazos para acomodar el marco.
Y el polvo que recubre a esos brazos.

Como recubre también al suelo
y a las herramientas abandonadas
al pie de la Virgen.
Casi junto a las energías alteradas
del cablerío que emerge
─visceral─
desde algún tomacorrientes desahuciado.

Otra ofrenda.

Pero nos importa sobre todo
─sobremanera─
el que la firma en esa imagen antigua
corresponda a Quispe,
un apelativo paradigmáticamente andino.2

Y el que el nombre de pila
del artífice fáctico de la acción
con la que develamos
─liberamos  /  revelamos─
la imagen reprimida
sea:
Jesús.

Y el que su apellido
sea:
De la Cruz.

Jesús de la Cruz.

El azar no existe.3

Aparición fantasmagórica del rostro de María
entre los bares y las motocicletas
de la aún vacía Calle Manuel Bonilla
al recién iniciarse la noche etílica.
El letrero fluorescente
que se refleja superpuesto
sobre el rostro de María reza "POP"
(invertido).
(Fotografía celular de Gustavo Buntinx).

Aparición del león y la rosa,
─emblema de Micromuseo─
al finalizar el video proyectado
al lado de la imagen sacra.
Atención a los reflejos del neón de los bares
sobre el ventanal que hace visible
la videoinstalación desde la calle Bonilla.
(Fotografía de Jaime Miranda Bambarén.
Otras tomas del mismo autor
en el siguiente enlace de esta ruta).

1. A saber (en orden cronológico de exhibición):

2. La firma completa en el azulejo reza “A. Quispe”. Ella nos remite al maestro ceramista Adrián Quispe Vargas. Agradezco a Luis Eduardo Wuffarden por esta identificación. Y a Alberto Gil Quispe, nieto del artífice, por las informaciones que resumo en la siguiente reseña biográfica:

Adrián Quispe Vargas nació en el Cuzco hacia 1890. Su madre lo trajo a Lima siendo aún niño. Fue apadrinado por la familia Boza, y ese apoyo le permitió desarrollar su temprana vocación por las artes. Hacia 1912 viajó becado a Sevilla, donde contrajo matrimonio y estudió las técnicas del azulejo. En esa ciudad trabajó para el taller Ramos Rejano, y participó en la ornamentación de la famosa Plaza de España.

Volvió al Perú, con su esposa e hijas españolas, durante el segundo gobierno de Leguía (1919-1930). Intervino en la remodelación del Palacio de Gobierno ─particularmente los llamados Patio Sevillano y Salón Sevillano─ y en la refacción de los azulejos del Palacio de Torre Tagle, así como de los conventos coloniales de San Francisco y de Santo Domingo. Otras creaciones suyas fueron contratadas para residencias particulares.

Mantuvo un taller en el jirón Misti del distrito limeño de La Victoria, donde ejerció su oficio hasta el año 1954, aproximadamente, con la colaboración de sus hijas. Al igual que ellas, enseñó también en la Escuela de Artes y Oficios, donde formó, entre otros, a Pablo Francisco Iturry, fundador de la fábrica de cerámicas y azulejos de mismo nombre.

Quispe se desempeñó además como pintor de imágenes sacras y copista de obras clásicas. Murió hacia 1963. No queda de él casi registro alguno en las distintas historias publicadas del arte peruano.

3. No es la primera vez que con Jesús de la Cruz activamos nuestra compartida ensoñación místico-libidinal. Una fantasía que se aviva, de manera intermitente, desde un arte recuperado en lo más esencial de su praxis. Lo más elemental: el oficio físico y manual. Pero alentado por lo espiritual.

Los pigmentos que ahora extraemos para liberar a la Virgen pueden leerse en oposición complementaria con los que hace diez años esparcimos para su exaltación desplazada. En el 2007 ofrendamos la acción pictórica ─la pintura acción─ de enlucir con brochazos rosas el ahumado cielo raso del mausoleo de Sarita Colonia: esa otra Virgen, popular y migrante y mestiza, cuyo cuerpo ausente se venera en el cementerio popular de El Callao. Una Santa Rosa otra.

Aquella entrega nuestra se denominó, precisamente, Cielos rosas para Rosarita. Reproducimos aquí el registro en video realizado por Daniel Contreras. También puede encontrárselo, con el necesario texto explicativo, en la sección “Videos en cabina” de nuestra web. En esa misma página aparecen las capturas logradas por Sophia Durand de otras ofrendas (musicales) en aquel entorno tan particular.

Atisbos apenas de las ritualidades entremezcladas por esa devoción alterna.

O excéntrica.

Como el arte renovado ─alterado─ al que todavía aspiramos.

Daniel Contreras (video) / Gustavo Buntinx (concepto) /
Jesús De La Cruz (acción)
Cielos rosas para Rosarita
2007
Video. 08:08"
MICROMUSEO ("al fondo hay sitio")

Salvo por las tomas ambientales, todas las imágenes fijas que acompañan a este texto son fotogramas capturados del video Develación, reproducido al inicio de la página. (En nuestra sección "Videos en Cabina" puede encontrarse una segunda versión, diferenciada sólo por la distribución de los silencios en los minutos finales de la banda sonora).

Agradezco los comentarios y las miradas de Martín Bonadeo, Angelo Colombo, Haroldo Hernández, José Carlos Mariátegui Ezeta, Jaime Miranda Bambarén, Ramón Mujica Pinilla, Enrique Planas, Carmen Reátegui, Carlos Runcie Tanaka, Víctor Vich. Entre tantos otros.

Agradezco además las reflexiones ─las inspiraciones varias─ de Aura Verónica, Fátima, Susana Virginia. Mis Tres Marías. Y el Divino Niño: Santiago Salvador.

 

 

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