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Para los limeños que bajan por el serpentín a los recreos campestres de Cieneguilla, el sitio pasa totalmente desapercibido. Hay que caminar mil pasos desde la pista y avanzar entre basura. Una cruz blanca señala los puntos donde el Grupo Colina pretendió en 1992 enterrar a los nueve estudiantes y el profesor de la Universidad Nacional de Educación Enrigue Guzmán y Valle, más conocida como La Cantuta.

Visité el lugar en 1995, luego de la promulgación de la Ley número 26479 –recordada tristemente como la Ley de Amnistía–, desconcertado ante la danza macabra de la demencia senderista, la impunidad paramilitar y la parálisis de una mayoría que miraba al techo, cuando no justificaba abiertamente atrocidades en nombre de la seguridad nacional. De los hechos sólo quedaban dos escarbaduras en el cascajo. Emplazada en una confluencia de huaycos, la loma se hundía entre cuestas empinadas y vacías.

La tragedia parecía haber configurado su propio escenario, una esterilidad radicalmente desnuda, estática, muda. Concebí un manto floreado que la vivificara siquiera fugazmente, ofrendándole rojo cinabrio, como en los antiguos ajuares funerarios del mundo andino. La operación se realizó el martes 27 de junio, un poco antes de las cuatro de la tarde, cuando las sombras reptaban bajo las fosas. Dos horas después, se habían vertido diez kilos de pigmento y arena al interior de un molde de cartón y en el suelo alternaban diez siluetas coloradas dispuestas al azar, como pétalos arrojados al paso de los novios o de las procesiones. Pero desde la ladera opuesta, las cantutas juveniles y esbeltas sugerían también una serie de tajos asestados insanamente al cerro.

Trece años después, el lugar sigue saturado por el mismo silencio abrumador. La cuesta retiene aglomeraciones del polvo bermellón bajo una costra tan descolorida como su entorno. La pintura negra sobre la cruz combate con la intemperie. Nada respira en esta hoyada escogida por lo siniestro.

Lenta pero sostenidamente, el caso ha adquirido una visibilidad innegable, lo que no sucede aún con los de Putis, Matero y tantos más, que agravian por igual a todos los seres humanos. El tesón y el coraje de Raida Cóndor, Gisela Ortiz y los demás familiares de las víctimas, así como los grupos de derechos humanos y la Comisión de la Verdad y Reconciliación, lo han convertido en icono del dolor de los últimos años. Estas lecciones amargas deben calar en la memoria de los jóvenes, contra todos los intentos de echarles tierra. Desatenderlas encierra un peligro real: la repetición se nutre del olvido.

Ricardo Wiesse
Agosto 2008

 
 
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